
Ciberactivismo de pacotilla y otros males
Querido aunque improbable lector, no seré yo quien le reste importancia a las nuevas tecnologías o quien niegue la constante revolución que suponen y la utilidad que ofrecen.
La sociedad en red ha abierto muchas puertas y nos está permitiendo realizar cosas que hace unos años considerábamos impensables. Es un lujo poder encontrar, a tan sólo un click, cantidades ingentes de información. Resulta placentero no sólo mantener el contacto sino que poder colaborar con personas que residen a miles de kilómetros de la silla en la que aposento mis nalgas. Queda patente que el factor predominante de esta era es la intercomunicación y la interdependencia. A nadie se le escapan las oportunidades y el avance en términos de democracia horizontal que para el activismo suponen los progresos en las tecnologías de la información.
Sin embargo, tendemos a olvidar que las nuevas tecnologías no son más que herramientas. Y que, por tanto, su utilidad depende de cómo las usemos. Desgraciadamente es fácil adivinar que esto del ciberactivismo o la política 2.0 corre por caminos paralelos al resto de nuestra política. Y es que vivimos en una sociedad donde la primacía de la imagen sobre el mensaje es lapidaria, donde los contenidos importan poco y aún menos las reflexiones. Una sociedad en que, quizás debido a la sobreinformación, nos hemos acostumbrado a asumir todo con una sonrisa. Una sociedad donde todos aspiramos a creernos importantes intentando destacar en la foto, o al menos aparecer en ella.
Si te cuento esto es porque a lo largo de los últimos meses no he podido evitar reírme mucho. Tú, que me conoces, sabes que soy un firme defensor de plataformas como facebook. Detesto la saturación de invitaciones para usar aplicaciones estúpidas pero agiliza el contacto con mis amigos, almacena imágenes y publicita eventos. Sin embargo últimamente observo fenómenos muy graciosos.
El primero que me llama la atención es la veintena larga de personas que ha requerido mi "amistad" sin que nos conozcamos de nada. No es que yo tenga mucha reserva por publicar mi vida. De hecho en esa misma plataforma cuento con más de cuatrocientos contactos y estos susurros te los escribo a gritos. Pero simplemente no le encuentro el sentido ni la gracia a compartir aspectos de mi vida con gente con la que nada me une, por mucho que estaré encantado si algún día les conozco en persona. Otros no prefieren una opción diferente y por eso su muro está plagado de mensajes del estilo "no te conozco, pero encantada! ojalá nos veamos" estrenando una profunda amistad.
El segundo, más sorprendente, es comprobar como muchos de estos moderno-comprometidos aceptan invitaciones para unirse a grupos de los cuales poco conocen. Más gracioso aún (en esta plataforma la intimidad es muy relativa) es ver como estos activistas se unen a los grupos todos juntos cual manada. En la amplia mayoría de los casos, no es que su actividad en ellos pase por participar, aportar o debatir. Simplemente están ahí por aparecer en la foto, aunque desentonen.
Para más inri no se quedan ahí. Especialmente ridículo resulta ver como no tienen pudor en "confirmar" su asistencia a eventos en ciudades o países a los que no planean acudir.
Lo peor es que todo esto no hace sino sacar a la luz lo que ya pasaba lejos de los teclados. Y es que cuando las mentes antiguas asaltan las herramientas nuevas acaban por embarrarlas y ensombrecerlas.
En fin, perdona las horas pero ya no me aguantaba más.
La sociedad en red ha abierto muchas puertas y nos está permitiendo realizar cosas que hace unos años considerábamos impensables. Es un lujo poder encontrar, a tan sólo un click, cantidades ingentes de información. Resulta placentero no sólo mantener el contacto sino que poder colaborar con personas que residen a miles de kilómetros de la silla en la que aposento mis nalgas. Queda patente que el factor predominante de esta era es la intercomunicación y la interdependencia. A nadie se le escapan las oportunidades y el avance en términos de democracia horizontal que para el activismo suponen los progresos en las tecnologías de la información.
Sin embargo, tendemos a olvidar que las nuevas tecnologías no son más que herramientas. Y que, por tanto, su utilidad depende de cómo las usemos. Desgraciadamente es fácil adivinar que esto del ciberactivismo o la política 2.0 corre por caminos paralelos al resto de nuestra política. Y es que vivimos en una sociedad donde la primacía de la imagen sobre el mensaje es lapidaria, donde los contenidos importan poco y aún menos las reflexiones. Una sociedad en que, quizás debido a la sobreinformación, nos hemos acostumbrado a asumir todo con una sonrisa. Una sociedad donde todos aspiramos a creernos importantes intentando destacar en la foto, o al menos aparecer en ella.
Si te cuento esto es porque a lo largo de los últimos meses no he podido evitar reírme mucho. Tú, que me conoces, sabes que soy un firme defensor de plataformas como facebook. Detesto la saturación de invitaciones para usar aplicaciones estúpidas pero agiliza el contacto con mis amigos, almacena imágenes y publicita eventos. Sin embargo últimamente observo fenómenos muy graciosos.
El primero que me llama la atención es la veintena larga de personas que ha requerido mi "amistad" sin que nos conozcamos de nada. No es que yo tenga mucha reserva por publicar mi vida. De hecho en esa misma plataforma cuento con más de cuatrocientos contactos y estos susurros te los escribo a gritos. Pero simplemente no le encuentro el sentido ni la gracia a compartir aspectos de mi vida con gente con la que nada me une, por mucho que estaré encantado si algún día les conozco en persona. Otros no prefieren una opción diferente y por eso su muro está plagado de mensajes del estilo "no te conozco, pero encantada! ojalá nos veamos" estrenando una profunda amistad.
El segundo, más sorprendente, es comprobar como muchos de estos moderno-comprometidos aceptan invitaciones para unirse a grupos de los cuales poco conocen. Más gracioso aún (en esta plataforma la intimidad es muy relativa) es ver como estos activistas se unen a los grupos todos juntos cual manada. En la amplia mayoría de los casos, no es que su actividad en ellos pase por participar, aportar o debatir. Simplemente están ahí por aparecer en la foto, aunque desentonen.
Para más inri no se quedan ahí. Especialmente ridículo resulta ver como no tienen pudor en "confirmar" su asistencia a eventos en ciudades o países a los que no planean acudir.
Lo peor es que todo esto no hace sino sacar a la luz lo que ya pasaba lejos de los teclados. Y es que cuando las mentes antiguas asaltan las herramientas nuevas acaban por embarrarlas y ensombrecerlas.
En fin, perdona las horas pero ya no me aguantaba más.

Me doy por aludido. He comentado el tema en mi blog y te enlazo.
Un besote,
Me ha gustado tu post, es realista. Hay estudios que indican que solamente el 1% de los/as internautas generamos contenidos, un 10% participa en los mismos y el 89% restante solamente mira.
También me ha gustado la cita de Shaw...de facto tiene mucha relación con el libro que estoy escribiendo "Un kamikaze sobrevolando el paraíso de los/as liberados/as"
Un abrazo Alex